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Dia a Dia del Centro - Noticias

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Entrevista a Antonio España, en el especial Siglo XXI de La Nueva España

Antonio España es sacerdote jesuita. Nació en Madrid, tiene cuatro hermanas, estudió en el Patrocinio de San José, la EGB en el Colegio San Agustín, el Bachillerato en el Ramiro de Maeztu y al acabar entró en la Compañía de Jesús. Hizo el noviciado en Sevilla, dos años de Filosofía en Comillas y se licenció en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid.

Empezó Teología en Comillas y acabó en Boston. Después realizó un máster en Educación en la Universidad de Harvard. Trabajó como prefecto en un colegio de Madrid durante nueve años y ahora, en Asturias, es superior coordinador de las obras apostólicas de la Compañía. La entrevista se realizó en la mañana del viernes en el Colegio San Ignacio de Oviedo.

El porqué: la elección del primer Papa jesuita de la historia.


–¿Qué impresión le causa a un jesuita ver cómo se elige Papa a otro jesuita por primera vez en la historia y contra pronóstico?

–No hay tradición de jesuitas que vayan a servir a la Iglesia como obispos. Y casi todos los jesuitas cardenales, quitando Martini y alguno otro, han sido honoríficos. Por eso la elección llegó como una especie de shock. Estábamos reunidos, tras una reunión de la junta de la APA, cuando nos enteramos. Fue un shock.Y empezaron las felicitaciones. ¿Lo conociste? No. Ni por edad ni por el país. En todo caso, cuando un jesuita es nombrado obispo deja de depender de la Compañía. Es lógico, un obispo, y menos aún un Papa, no puede estar bajo la obediencia de una orden.

–El Papa negro pasa a ser Papa blanco, ¿cómo es eso?

–Ya, nunca ocurrió. Vamos a ver. El hecho es que una persona formada en la espiritualidad ignaciana va a compartir esa espiritualidad con el resto de la Iglesia universal.

–Ponga un ejemplo de espiritualidad ignaciana.

–Ignaciano es una persona que busca a Dios en todas las cosas.

–Eso vale, o debería valer, para todos los cristianos.

–A través de los «Ejercicios espirituales» de Ignacio esa espiritualidad es muy particular. Viene a decir que hay que revivir la experiencia del don de Dios. Hay que revivirla en el reconocimiento de Dios en el mundo, en mi vida a través de los dones reconocidos, en las virtudes de los demás y en las mías propias. De tanto bien surge una experiencia de gran agradecimiento, de gran unión con Dios. No lo encuentro por ser pecador o por mi culpa. Y de ahí «en todo amar y servir», que es un lema ignaciano. Parece que todo eso está claro en este Papa.

–Los «Ejercicios» son un laberinto.

–No son para leerlos. Dice Ignacio: «Exhortaos a menudo a buscar en todas las cosas a Dios, nuestro Señor, apartando cuando es posible el amor de todas las criaturas para ponerlo en el Creador de ellas». Está en las constituciones de la Compañía. Los «Ejercicios» no son para leerlos, sino para hacerlos acompañado de otra persona. Como libro de lectura es un ladrillo. Requieren de alguien que los dé, que acompañe la experiencia. Deben darse individualmente y según la experiencia de la persona.

–¿Por qué?

–El discernimiento es clave en los «Ejercicios». Es una guía práctica para hallar a Dios en las experiencias personales. Es lo genuino de San Ignacio. En la tradición cristiana anterior existe, pero Ignacio pone reglas precisas de discernimiento.

–La Compañía de Jesús se funda en un momento de extrema zozobra de la Iglesia por la Reforma protestante, ¿cabe pensar que el nuevo Papa, jesuita, es la respuesta a una situación igualmente grave?

–El contexto actual es difícil por varias vías. La Iglesia está para transmitir la fe. Y en un mundo global y pluralista la fe recibe muchos impactos. Está discutida desde la Ilustración. La filosofía, la ciencia y la tecnología no quieren saber nada de la fe. La expulsan. Ése es el desafío. La fe debe tener un lugar donde dialogar. No excluye ni a la filosofía ni a la ciencia ni a la economía ni al progreso...

–Ni a la razón.

–Ni la razón, claro. Ahora hay un abandono de la fe. Un sacerdote norteamericano ha dicho recientemente que la segunda Iglesia más seguida en EE UU es la de los ex católicos. Y si pensamos en España, ocurre lo mismo. Tenemos la Iglesia practicante y la segunda.

–La extravagante.

–Tenemos que volver a encontrarnos con esas personas que en su corazón son creyentes, pero no logran conectar con el mensaje eclesial.

–¿Y ahí aparece Francisco?

–Creo que sí. Lo digo por los gestos. Lo conocemos poco. Sabemos, sí, que es jesuita y, por lo tanto, con una espiritualidad en consonancia con todo lo apuntado ya. En cuanto a los gestos, apareció en el balcón de San Pedro...

–Con un impresionante autocontrol.

–Sí.

–¿Es jesuítico ese autocontrol?

–Eso se dice. Visto desde los «Ejercicios», hay una atención grande a lo que Dios opera en mí. La mirada interior da paz a la mirada exterior. Es la acogida antes que la respuesta.

–Con Juan Pablo II la Compañía estuvo bajo sospecha y la confianza se depositó en los llamados nuevos movimientos, ¿será ahora al revés?

–Ya con Benedicto XVI empezaron a cambiar algunas cosas con nuevas responsabilidades para jesuitas y la portavocía para Federico Lombardi, un jesuita. No cabe hablar de giro, de todos modos. Los nuevos movimientos fueron puestos delante, pero sin omisiones. Juan Pablo II nombró a Martini, jesuita, arzobispo de Milán. La Iglesia estaba perpleja en los años setenta y se apoyó mucho en los nuevos movimientos. Tras el ictus de Arrupe, ciertamente, hay un intento de tomar la Compañía.

–Pusieron una gestora.

–Sí, es verdad. Con Juan Pablo II las relaciones no fueron buenas. Ni, entonces, con parte del Episcopado. El generalato de Kolvenbach fue muy tranquilo. Sin romper con la Compañía del padre Arrupe, trató de establecer un diálogo. Al final de Juan Pablo II las relaciones con el Vaticano estaban muy restauradas. Y con Benedicto XVI se normalizaron. Ahora espero más colaboración. No me gustaría que reapareciesen las órdenes religiosas sustituyendo a los nuevos movimientos. Debemos convivir todos juntos.

–Las rivalidades son evidentes.

–Contra mí nunca vi nada. No sé si esas disensiones crecen más mediáticamente. Hay sensibilidades distintas. Pero es que la realidad de la Iglesia es plural.

–¿Qué hay aún del libro «AMDG» de Pérez de Ayala tan crítico con la enseñanza de los colegios jesuitas?

–Habla de un tiempo en que la vida colegial estaba rígidamente disciplinada, con puntos inhumanos. Ahora los colegios tienen disciplina porque las cosas deben estar bien organizadas para dar clase, hacer pastoral o tener un retiro. Pero no hay excesiva disciplina. Los alumnos saben las normas, hay medios de solución y se aplica la ley llegado el caso.

–La espiritualidad ignaciana se basa en el anonadamiento para que Dios hable dentro de cada uno.

–Más que anonadamiento, que equivale a destruir el yo, consiste en dejar que el yo se abra. El último libro del nuevo Papa se titula «Mente abierta, corazón creyente» y tiene algo que ver con eso. Autoconocerse, examinar como decía Ignacio, la propia vida, qué huellas han quedado. Eso te hace abrirte, te hace más sensible. El libro es muy curioso.

–Francisco no es un teólogo.

–Es un teólogo espiritual. Ratzinger es un teólogo sistemático y metido en la teología más dogmática.

–¿Los jesuitas no son una mezcla de racionalismo y misticismo?, ¿es así el nuevo Papa?

–El arquetipo de jesuita es muy difícil de identificar. El decano de Teología de Comillas, Gabino Ulibarri, podría ser un jesuita volcado en la teología; Fernando García de Cortázar, centrado en la investigación y la divulgación histórica; otros como José María Rodríguez Olaizola, que es de Oviedo y de este colegio, tienen más contacto con la fe, y los hay más prácticos que organizan cosas y están presentes en muchas actividades. Y también los que trabajan ocultos en muchas de nuestras casas.

–Y los médicos, físicos, astrónomos...

–Claro, los intelectuales que se dedican a las ciencias. Con la fe sólo no vamos a ningún lado. Debe estar articulada de forma racional y práctica. Mi padre contaba un chiste al respecto. En una casa de jesuitas había un hermano en la puerta de pocas luces, pero ¡tenía una mano impresionante para catar melones! Un jesuita, desde la experiencia honda de fe, puede desarrollar cualquier función.

–Sé otro chiste. Va un jesuita y dice: «¡Yo soy la persona más humilde de todo el mundo!».

–Ésa es la leyenda negra. Hay chistes muy buenos de jesuitas. Indican que, históricamente, junto al temple, el autocontrol, la razón, la fe y el conocimiento personal hay el estereotipo del «a mayor gloria de Dios»; vamos, que a veces se puede ir un poco sobrado.

–En los setenta la Compañía fue puesta en cuestión.

–La visión que tenemos de la Compañía es la de Occidente. La crisis resultó del intento de responder al Vaticano II de una forma muy aventurera. El liderazgo carismático del padre Arrupe influyó. Puso a la Compañía en fronteras donde nunca había estado. Acompañaba a la teología de la liberación, a la descolonización y hacía frente a los primeros impactos de la secularización en Occidente. Esa crisis fue general de la Iglesia, pero emblemática en el caso de la Compañía. Rahner habló del invierno de la Iglesia, de un repliegue, de un no hacer pie. Ahora la Compañía y la Iglesia en general viven una situación en Occidente de desafío ante la secularización. Sin embargo, nos reforzamos en países en desarrollo. Es nuestro futuro.

–Benedicto XVI luchó contra el relativismo, ¿será la gran pelea de Francisco?

–Si todo es relativo, ¿qué criterios tenemos para tomar decisiones? Este Papa tiene una enorme carga de simbolismo, sobre todo, el catolicismo. Y ahí unirá puentes y orillas. Dio la primera bendición y quiso recibirla del pueblo cristiano. Es una forma de asociarse. Sin orillar la batalla contra el relativismo, creo que tenderá puentes a un mundo que necesita un lenguaje propio.

–¿Y qué hacer con la curia, el IOR o los escándalos de pederastia?

–Por partes. No estoy nada versado sobre la curia.

–Nadie.

–Sí, nadie. Viendo como Bergoglio fue provincial, rector del teologado de San Miguel de Buenos Aires, obispo auxiliar o arzobispo y viendo también sus últimos gestos, es muy evidente que tiene una gran capacidad de decisión. Es difícil saber qué problemas hay en la curia del Vaticano. Pero Francisco tiene experiencia en varios niveles. Es de esperar más transparencia, una organización más racionalizada y más efectividad. Es lo esperable.

–Llega desde lejos, eso es una ventaja.

–Es una ventaja. Benedicto XVI hizo ya mucho con los nombramientos y a Francisco le queda una reestructuración aún mayor.

–¿Y los escándalos de pederastia?

–Si mantiene la continuidad de Benedicto XVI en hacerles frente, será bueno para la Iglesia. Ocurrieron hechos muy graves. Cuando se trataron de resolver se hizo mal. Se puede inspirar en el cardenal O’Malley de Boston. Lo primero que hizo al llegar a su diócesis fue reunirse con las víctimas y escucharlas. El Papa tendrá un acercamiento a las víctimas como ya lo tuvo Benedicto XVI. Y tomará medidas.

–¿El IOR, el dinero de Dios, no puede manejarse de una vez como el resto?, ¿por qué ese banco está lleno de sospechas?

–Los clérigos no sabemos de finanzas y confiamos en personas válidas.

–Eso está bien.

–Claro. La cuestión es que esté en buenas manos. Viene mal desde Marcinkus y Calvi. Hace falta transparencia. Si se depura el IOR y se logra transparencia, no habrá vuelta atrás.
 

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