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Dia a Dia del Centro - Noticias

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Jesuitas: Cinco siglos al servicio del mundo

¡Un Papa religioso! ¡Un Papa jesuita! escriben con admiración los teletipos y anuncian con un cierto desconocimiento los medios de comunicación. De los 266 papas, 29 con el jesuita Bergoglio, han sido religiosos. La palma, con catorce, se la llevan los benedictinos; les siguen muy por detrás los dominicos y los franciscanos, con cuatro y tres respectivamente.

El Papa Francisco es el primer jesuita Papa de la historia. La historia de los jesuitas ha alimentado toda clase de pábulos y toda suerte de leyendas. Se les ha vinculado con grupos que nada tienen que ver con ellos; se les ha colgado toda clase de sambenitos, se les ha vilipendiado y perseguido en ciertos lugares y épocas; finalmente, se les ha bendecido y privilegiado a veces sin medida. De los jesuitas y de la Compañía de Jesús lo que no se sabe se inventa.

La Compañía de Jesús nace en la primera mitad del siglo XVI. Un grupo de ilustres, sabios y abnegados sacerdotes, liderados por Ignacio de Loyola, se obligan con voto en la ayuda a la Iglesia. Se ponen, en consecuencia, al servicio del Romano Pontífice, en tiempos en los que Iglesia católica se estaba desmembrando.

Entre los documentos fundacionales de la Compañía sobresale la llamada Fórmula del Instituto, una síntesis de la naturaleza, finalidad y medios que esta nueva Congregación religiosa crea para conseguir sus objetivos. Objetivos tan universales y católicos como concretos y personales. A los primeros jesuitas lo único que realmente les interesaba era la «salud de las ánimas», la salvación de las personas concretas, la concordia de las familias y los pueblos, el progreso de las naciones, todo orientado y dirigido hacia la mayor gloria de Dios. De esta Fórmula han vivido los jesuitas durante casi cinco siglos.

Desde entonces, la Compañía de Jesús, con sus luces y sombras, ha prestado no sólo a la Iglesia católica sino al mundo entero un servicio impagable. Los campos frecuentados por los jesuitas en sus casi cinco siglos de su existencia han sido por orden de importancia: la evangelización y la animación misionera; la educación y la formación; la cultura y la investigación y, por último, la promoción de la justicia y la lucha por la paz.

La evangelización a la que los jesuitas se sintieron y se sienten llamados es una evangelización que va más allá del mero conocimiento de la doctrina. Una evangelización que pasa por la experiencia y que siempre, siguiendo la escuela y traza de los Ejercicios Espirituales, concluye en un encuentro personal con las personas divinas. Un encuentro en clave de salvación y que abarca la existencia entera del creyente. Esto es lo que hizo Javier en la India, esto lo que con mano sabia e inteligente organizó Alessandro Valignano en el Oriente; esto lo que los misioneros jesuitas y los maestros de las Reducciones levantaron en las inmensas regiones del Paraguay; esto lo que miles y miles de humildes y sabios sacerdotes hacen a diario en sus iglesias y templos, en sus residencias y casas de Ejercicios; esto es lo que un jesuita abnegado e instruido sueña para él y para el pueblo cristiano.

Las dos primeras generaciones que conformaron el cuerpo de la Compañía procedían de la flor y nata de las entonces mejores universidades europeas: la Sorbona de París, los estudios de Lovaina, las adelantadas universidades de Padua y Bolonia y las incipientes de Alcalá y Salamanca. Sabedores de la importancia que la educación y las ciencias, las artes y la retórica, el método y la repetición, la imaginación ilustrada y la voluntad fortalecida, tenían y tienen para el alumbramiento y crecimiento de la fe y la experiencia religiosa, tejieron una tupida red de colegios y universidades en los que, si importante era formar profesionales, mucho más formar católicos y hombres de fe. Si los colegios de los primeros siglos se transformaron en centros de cultura y de vida apostólica, los colegios de hoy, especialmente los colegios de Fe y Alegría en América, educan para la paz, la justicia y la sana competencia, fundamentadas en el anuncio de la fe y en la experiencia cristiana.

Próximo a este mundo, los jesuitas son por definición y tradición forjadores de cultura. Una cultura que no es libresca ni tampoco diletante. La cultura que los jesuitas han ido dando a luz a lo largo de su historia es una cultura a medio camino entre los más elevados conocimientos teóricos y los más concretos medios para llevarlos a término. Una cultura fruto del método y de la síntesis, una cultura en la que el hombre, todo el hombre, constituye el centro y el fin. Una cultura, en definitiva, que por medio de las artes, ciencias, literatura, poesía, música y culto a la belleza proyecta la esencia divina de Dios Padre en la vida de los hombres, en la vida de sus hijos.

Finalmente, los jesuitas, siguiendo su propia tradición y espoleados por las encíclicas sociales de los papas así como por las graves diferencias sociales que el nuevo orden mundial está creando, llevan unas cuantas generaciones volcados en la promoción de la justicia y en la lucha por la paz. No pocos han visto en esta opción una especie de traición a su vocación y carisma. Nada más lejos de la realidad. La promoción de la justicia, la incesante lucha por la paz son fruto de la experiencia religiosa de personas abnegadas que ven en los más pobres, en los desheredados, en los marginados a hermanos e hijos de un mismo Padre. Los cientos de obras sociales que los jesuitas dirigen a lo largo y ancho del mundo son expresión de lo que estamos diciendo, pero todavía lo es más una forma concreta de vivir y anunciar el Evangelio que por suave que sea comporta el olvido de sí mismo, la entrega generosa de sus personas y la creación de una cultura en la que la justicia social y la caridad social son su santo y seña.

Artículo publicado en el periódico La Razón, el 13-03-2013

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